Carlos Gaviria Díaz
Hoja de vida
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Carlos Gaviria Díaz nació
en 1937, en Sopetrán, población situada en el occidente
del departamento de Antioquia. De su abuelo materno, admirador del
Olimpo Radical, le viene la herencia liberal, en una línea
que procede de Murillo Toro y culmina en Alfonso López Pumarejo,
el gran reformador. A ese abuelo se remonta igualmente la pasión
de Carlos Gaviria por la poesía y su gusto por leerla y decirla
en voz alta. Como todo liberal de vieja guardia, el abuelo fue devoto
de Víctor Hugo, lector desvelado de los clásicos españoles
y utopista esperanzado, como también lo fue el padre de Gaviria,
periodista y hombre de letras autodidacta. La madre, maestra de
profesión, ejerció la influencia formadora decisiva
y suministró, sin duda, el primer modelo pedagógico
al futuro profesor y académico. Si en Colombia es obligado
proclamar que se pertenece a una familia de acendradas creencias
religiosas y tradicional fervor católico, de Carlos Gaviria
podría decirse que creció en un medio más inclinado
a los libros y al libre pensamiento que a las devociones y los rezos.
Ya radicada
la familia en Medellín, adelantó sus estudios de bachillerato
en un colegio privado y luego los universitarios en la Facultad
de Derecho de la Universidad de Antioquia. En esta misma universidad
fue profesor durante treinta años, y ocupó los puestos
de dirección más adecuados a sus inclinaciones académicas:
Decano, Director del Instituto de Ciencia Política y Vicerrector
general. Entre 1970 y 1971, Carlos Gaviria realizó estudios
de posgrado en la Escuela de Leyes de la Universidad de Harvard.
Allí tuvo oportunidad de seguir los seminarios de Teoría
Política con Carl J. Friedrich, de Derecho constitucional
con Paul Freund y de Jurisprudencia con Lon L. Fuller. La experiencia
académica y vital de Gaviria en los Estados Unidos fue importante,
no sólo por el encuentro con un estilo de pensar tan diferente
al de su formación inicial, más centrada en Kelsen
y los pensadores europeos del Derecho, sino por la abrumadora impresión
que le produjo una ciudad como Nueva York, megalópolis en
la que parece sintetizarse el mundo.
Entre 1993 y 2001,
se desempeñó como Magistrado de la Corte Constitucional,
de la cual fue presidente en 1996. En estos años, el nombre
de Carlos Gaviria
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comienza a adquirir
la resonancia que hoy tiene y a ser identificado por la opinión
pública con algunas de las causas que en este momento unifican
a los sectores democráticos del país. Desde la Corte
Constitucional, Gaviria continuó su labor de pedagogía
jurídica en un aula de dimensiones nunca sospechadas en sus
tiempos de académico y con un auditorio de alcance nacional,
a través de sus sentencias. Las lecciones fueron, básicamente,
de respeto a la autonomía personal, de defensa de las minorías
y de énfasis en el principio de igualdad. Para el magistrado
Carlos Gaviria, la libertad en una sociedad democrática no
es un principio abstracto sino la posibilidad individual de decidir
sobre diferentes modos de vida. La idea de unidad nacional gregaria,
todos detrás del mismo líder, de las mismas consignas,
del mismo lenguaje, del mismo partido, está a un paso de
abolir los fundamentos de la democracia, y pocas veces lo habíamos
visto de manera tan clara como hoy.
No es exagerado afirmar
que el comportamiento de Carlos Gaviria en el Senado de la república
entre el año 2002 y el 2006 es ejemplar. Aquí vale
la pena citar, por su total imparcialidad en este caso, el concepto
que aparece en la página web de la organización ciudadana
Votebien: “La mayoría de los análisis coinciden
en señalar que el senador Gaviria es producto de una franja
de opinión muy definida, que se congregó en torno
a su figura para apuntalar un proyecto político”. Y
agrega: “Su voto es el más caracterizado en la franja
de la opinión. Carlos Gaviria Díaz, ex presidente
de la Corte Constitucional, se convirtió en un fenómeno
nacional al alcanzar la quinta mayor votación para el Senado”.
Su fortaleza electoral estuvo, sobre todo, en Bogotá, Antioquia
y Valle. Un total de 114.886 votos le aseguró la curul en
el Senado de la República. Su propósito, explícito
desde un principio, fue el de impulsar proyectos de ley para favorecer
la igualdad material de los ciudadanos, el trato equitativo a los
grupos tradicionalmente discriminados y marginados como los indígenas,
las mujeres, las negritudes y los homosexuales y el de promover
y apoyar las iniciativas destinadas a la búsqueda de la paz
mediante la generación de empleo, el fortalecimiento de la
educación y la cultura y el reconocimiento del valor social
del trabajo. Ya se sabe de las batallas que libró contra
la reelección presidencial, contra las reformas laboral y
tributaria, y, en general, contra la política social y económica
de un gobierno que ha trabajado duramente para hacer más
pobres a los pobres y más ricos a los ricos. Es conocida
también su insistencia en una política de paz negociada,
que represente los intereses de toda la sociedad y que implique
la abolición de las iniquidades en que está basada
la sociedad colombiana.
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